En febrero de 1990, Mike Tyson pisó el Tokyo Dome, aclamado universalmente como el boxeador de peso pesado más formidable de su era. Era un campeón invicto e indiscutible que parecía absolutamente invulnerable, habiendo desmantelado sistemáticamente a sus adversarios a lo largo de la década de 1980 con una precisión y un poder aterradores. Sin embargo, el 11 de febrero, su muy esperado combate contra James «Buster» Douglas culminaría en una de las sorpresas más asombrosas jamás presenciadas en la historia del boxeo profesional.








